Serenidad
“El mundo es del entusiasta que se mantiene sereno.” (William McFee)

DECÁLOGO DE LA SERENIDAD
(Juan XXIII)

1) Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.

2) Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

3) Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4) Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5) Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6) Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7) Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8) Sólo por hoy me haré un programa detallado.  Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré.  Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9) Sólo por hoy creeré firmemente -- aunque las circunstancias demuestren lo contrario -- que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10) Sólo por hoy no tendré temores.  De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

HISTORIA DE UN SAMURAI
Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes.  A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí.  Era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia
privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad
fulminante.
El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha.  Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama.
Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío. 
Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a
insultar al anciano maestro.  Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió
en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus
ancestros.
Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible.  Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y
provocaciones, los alumnos le preguntaron: 
-¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad?  ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
El maestro les preguntó: 
-Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? 
-A quien intentó entregarlo- respondió uno de los alumnos.
-Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.