Sacrificio
“Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio.” (San Josemaría Escrivá)

LA RENUNCIA NO ES UNA CRUZ
(Padre Zezinho)
Hay algo que me pone en duda y hasta me angustia. Es el concepto que la mayoría de la gente tiene sobre la renuncia en el mundo cristiano. Las personas viven renunciando por amor, pero cuando se habla de renuncia cristiana, de repente todos la definen como carga.
El enamorado renuncia a un campamento con sus camaradas para quedarse con su novia accediendo a su deseo. Renunció, pero para él esto no significa una cruz. No le cuesta demasiado: tiene mayor amor por quien le pidió la renuncia que por los gozos del campamento.
La madre deja de hacerse un vestido nuevo porque su hija quiere ir a pasear con su grupo y necesita dinero. Renuncia, pero no le significa una cruz. Su amor por la hija transforma en alegría la renuncia.
Esto es elemental: cuando existe amor, la renuncia a algún bien, aunque se haga difícil pierde ese tinte de amargura que existe en quien se siente obligado a no hacer uso de un derecho. Jesús dijo que quien renunciara por amor, recibiría cien veces más. También fue Él quien ratificó personalmente que después de un calvario siempre hay una resurrección. En cambio nosotros persistimos en ver a Jesús en el calvario y en el monte de los Olivos olvidándonos de su Resurrección.
Esta visión es fundamental para quien, como yo, está invitado a renunciar a una serie de cosas. Es necesario renunciar al derecho de tener mucho para ser mucho. Es necesario renunciar a una familia para construir y reconstruir familias. Es necesario renunciar a la santidad del amor conyugal para poder vivir la santidad del celibato sacerdotal. Es necesario renunciar al uso de algunos derechos del hombre para encontrar los derechos del líder del pueblo de Dios.
Tengo y sé que voy a tener momentos de debilidad y de agotamiento, la soledad y el cansancio podrán destruir toda esa voluntad de ser un gran sacerdote, pero creo que la primera actitud que debo tomar desde ahora es la de un hombre feliz. No sé si vale la pena el que vaya diciendo por ahí que estoy renunciando al amor humano y que por lo tanto mi "sacrificio" construirá vidas humanas y salvará al mundo pecaminoso. En principio: el sacrificio es una cosa altamente positiva. No puedo imaginar un sentido negativo para esta palabra. A veces se le da el sentido de "desperdicio, barrera, destrucción"'. Pero sacrificio deriva de "hacer algo sagrado, sacralizar algo, destinar alguna cosa a un plano más elevado".
La cruz de Cristo no fue una renuncia. Fue una aceptación de todo. Fue la consecuencia de un sí, aunque haya costado sufrimientos terribles.
Hace poco vi un póster con la foto de un chico que cargaba en hombros a un pequeño. El mensaje decía: "No pesa, ¡es mi hermanito!"
Esto traduce todo lo que yo quiero decir. Es difícil de explicar. Sólo sé que si es verdad que estoy renunciando, no es verdad que estoy cargando una cruz más pesada que mi renuncia. Mi renuncia no es una cruz. La cruz es no renunciar cuando se está llamado a eso. Creo que estaría cargando una cruz insoportable si supiera que puedo renunciar por amor y prefiero no renunciar.


RECETA PARA EL TRIUNFO

(Gaby Vargas)
¿Qué habrá sentido Lance Armstrong al ganar por quinta vez consecutiva la Tour de Francia? ¿Qué habrá significado conquistar la carrera deportiva más extenuante que hay sobre la tierra, después de sobrevivir un cáncer en los testículos con metástasis en el cerebro y en los pulmones? No sé. De hecho, su triunfo nos involucra, nos maravilla y nos inspira porque sabemos que en él hay algo que hace eco en nosotros, en esa parte profunda que dice que hay algo más allá, algo mejor, algo que podemos lograr.
Desde mi punto de vista, Armstrong nos da varias lecciones con su determinación para mostrar que hay vida después del cáncer.
La principal es que el dolor es inevitable y que darnos por vencidos es opcional. Después de su diagnóstico, con 50% de probabilidades de salir adelante, decide encarar su realidad y sobreponerse.
Benjamín Franklin escribió, "Aquello que duele, instruye". Quizá es por eso que superar los obstáculos nos proporciona las lecciones más valiosas de la vida.
La enfermedad, el dolor y la caída siempre nos enfrentan con nuestra fortaleza, el reto es estar dispuestos a obtener un aprendizaje que nos permita ser mejores. Yo creo que, por eso, Armstrong ha podido resurgir en cada ocasión, más fuerte, más decidido y más maduro.
Sin duda, el valor es lo que nos puede sacar adelante y nuestro éxito depende del coraje que empleemos en enfrentar la adversidad.
Otra cualidad que separa a un campeón del resto de la gente, es persistencia que no es otra cosa que la expresión de nuestra fuerza mental.
En esta ocasión, Armstrong, con 31 años, gana la carrera de 23 días y 3,427.5 kilómetros. Fueron tantos los imprevistos que tuvo que sortear que, en una entrevista, Lance declaró: "Si en la carrera hubiera aterrizado un avión, no me habría sorprendido".
A pesar de que chocó el segundo día y sufrió una lesión, de que perdió 5 kilos por deshidratación durante una onda de calor, de haber luchado en una de las subidas más arduas con un freno que tallaba constantemente la llanta trasera, de que sufrió una caída cuando se le atoró el manubrio de la bicicleta con la visera de un niño, a pesar de una enfermedad del estómago, de las fuertes lluvias y los potentes rivales, Armstrong ha brindado con champagne en la etapa final.
Como él, miles de hombres y mujeres exitosas, son persistentes.
Otra de las lecciones de Armstrong es que siempre hay una recompensa para el trabajo duro. La motivación es importante y las metas imprescindibles pero nada sucede si no le agregamos mucho esfuerzo. Los premios vienen a través del tiempo, de la dedicación, del sacrificio y aun del fracaso. El triunfo requiere de una gran dosis de terquedad, sin embargo, a diario nos bombardean con mensajes totalmente opuestos: Hay muchas maneras fáciles y rápidas para obtener lo que deseamos. Todo es fácil y rápido. ¿Ha escuchado cómo, con unas pastillas, podemos bajar 10 kilos de peso, en dos semanas? También podemos tener un cuerpo atlético, mientras vemos la tele, sentados con un cinturón que hace el ejercicio por nosotros. De igual forma, podemos aprender a hablar inglés, casi por hipnosis. Y estos mensajes siempre van acompañados de frases del tipo: "Porque te lo mereces", "¡Tú puedes tenerlo!", "¡Consíguelo ahora!"
No dudo que alguien lo pueda lograr, lo malo es que, al cabo de un rato de escuchar este tipo de mensajes, comenzamos a creerlo. Y muchas personas, especialmente jóvenes, pueden creer que la fórmula del éxito radica en presionar un botón mágico que evita todo esfuerzo y compromiso.
No hay trucos, atajos ni secretos para obtener el éxito, aunque no nos vendría mal observar que Armstrong comienza su arduo entrenamiento prácticamente al día siguiente de la celebración de la victoria. Con una preparación meticulosa, una disciplina férrea, durante horas, sin importar el clima, ni el estado de ánimo, a diario, trabaja para cumplir su sueño. Y claro, su esfuerzo lo hace pasar a la historia como uno de los más grandes atletas de nuestro tiempo.
No hay otra. El triunfo requiere, disciplina, coraje, entrega, pasión y mucho trabajo. El triunfo implica una elección. ¿Cada vez que decimos sí, tenemos que decirle no a muchas otras cosas? La verdadera receta para el triunfo surge cuando nos aventuramos a responder a la pregunta: ¿Estamos dispuestos a alcanzarlo?