Paciencia, perseverancia
“Hay hombres que luchan un día, y son buenos. Otros luchan un año, y son mejores.
Pero están los que luchan toda la vida.  Esos son los imprescindibles.”
(Berthold Brecht).

EL BAMBÚ JAPONÉS
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.  También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”....
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes.  Se siembra la semilla, se la abona, y se la riega constantemente.  Durante los primeros meses no sucede nada apreciable.  En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas, la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!
¿Tardó sólo seis semanas en crecer?  No.  La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.
Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.
Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.  De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo.  Y esto puede ser extremadamente frustrante.  En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que, en tanto no bajemos los brazos ni abandonemos por no "ver" el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo dentro de nosotros: estamos creciendo, madurando.
Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.
El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación.  Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.
Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.

EL GUSANO  
Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un niño.  “¿Hacia dónde te diriges?”, le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: “Tuve un sueño anoche, soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo”.
         Sorprendido, el niño dijo mientras su amigo se alejaba: “¡Debes estar loco!  ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga!  Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar, y cualquier tronco una barrera infranqueable”.  Pero el gusanito ya estaba  lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse. 
        De pronto se oyó la voz de un escarabajo: “¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?”.  Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: “Tuve un sueño y deseo realizarlo, subiré a esa montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo”. El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo: “Ni yo, con patas tan grandes, intentaría una empresa tan ambiciosa”.  Él se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.  Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro amigo a desistir. “¡No lo lograrás jamás!”, le decían, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.
        Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. “Estaré mejor”, fue lo último que dijo, y murió.
        Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos.  Ahí estaba el animal más loco del pueblo.  Había construido como su tumba un monumento a la insensatez.  Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño inalcanzable.
        Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos.  De pronto quedaron atónitos. Aquel caparazón duro comenzó a quebrarse y, con asombro, vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta.  Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.
        No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría: se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir.  Todos se habían equivocado.
        Todos tenemos algún sueño. Vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y, si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas.  Y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la
gracia de Dios, lo lograremos.

        Es buscando lo imposible como las personas han ido corriendo las fronteras de lo que era hasta entonces posible.

GLENN  CUNNINGHAM
(1909 - 1988)

En la pequeña escuelita rural de Kansas había una vieja estufa de carbón muy anticuada.  Glenn, de 7 años, y su hermano mayor Floyd tenían asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.
Una mañana, llegó la maestra y encontró la escuela envuelta en llamas.  Como consecuencia de dicho accidente, Floyd murió carbonizado, y Glenn sufrió quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo.  Fue internado, y estuvo a punto de que se le amputaran ambas piernas.  Los médicos pronosticaron que Glenn no volvería a caminar nuevamente, quedando inválido por el resto de sus días.
El niño tomó una determinación: hacer todo lo posible para volver a caminar algún día.  Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz.  Sus delgadas piernas llenas de cicatrices colgaban sin vida.
Finalmente, después de varias semanas, le dieron de alta del hospital del condado.  Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control, nada.  Cuando no estaba en la cama, estaba confinado a una silla de ruedas.  No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca.    
Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco.  Ese día, en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla.  Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas.  Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa.  Con gran esfuerzo, logró erguirse aferrado al cerco.  Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar.  Empezó a hacer el mismo ejercicio todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco.  Nada quería más que darle vida a esas dos piernas.
Por fin, gracias la persistencia y constancia de Glenn, sumado a las oraciones fervientes de su madre y sus masajes diarios, al año desarrolló la capacidad de caminar, al principio con muletas y finalmente solo.  Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo. "Me dolía mucho más caminar que correr.  Así que, durante años, preferí correr." 
Más adelante, en la secundaria y luego en la universidad, formó incluso parte del equipo de atletismo, como corredor.  Por los problemas circulatorios derivados del accidente, Glenn necesitaba masajes en sus piernas durante una hora, antes de cada carrera.
Contra todo lo esperado, Glenn llegó a representar a su país en dos olimpíadas, siendo medalla de plata en Berlín 1936.  Estableció el record mundial en las carreras de 800 mts. y de 1500 mts., en 1934.

LAS RANITAS
(recopilado por Jorge Bucay)

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de crema. Inmediatamente sintieron que se hundían; era imposible nadar o flotar mucho tiempo, en esa masa espesa como arenas movedizas.
        Al principio, las dos patalearon en la crema para llegar al borde del recipiente, pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sintieron que cada vez era más difícil salir a la superficie a respirar.
        Una de ellas dijo en voz alta:
"No puedo más. Es imposible salir de aquí, esta materia no es para nadar. Ya que voy a morir, no veo para que prolongar este dolor. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril".
        Y dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.
        La otra rana, mas persistente o quizás mas tozuda, se dijo:
"¡No hay caso! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, ya que la muerte me llega, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quisiera morir un segundo antes de que llegue mi hora". Y siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar un centímetro. ¡Horas y horas!
        Y, de pronto..., de tanto patalear y agitar y agitar y patalear..., la crema se transformó en manteca. La rana sorprendida dio un salto y patinando llego hasta el borde del pote. Desde allí, sólo le quedaba ir croando alegremente de regreso a casa.

LA AVENTURA DEL CONOCIMIENTO Y EL APRENDIZAJE
(Alejandro Dolina)

La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.  Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces.  En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.  Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad.  Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.

En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y  establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "...haga el bachillerato en  6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos..."

Quizá se supriman algunos... detalles.  ¿Qué detalles?  Desconfío.  Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad.  Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas. Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.

¿Por qué florecen estos apurones educativos?  Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente.  A nadie le gusta esperar.  Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado.  Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.

A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros.  Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela.  Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número.  Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.

Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas.  O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo.  O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.

Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio. Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio.  Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor.  Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.

Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece.  Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.  
Emprenda una carrera corta.  Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta.  No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco.  Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!

El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas.  "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común.  Y es cierto, caballeros, es cierto.

Los cursos que no se dictan:  aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración.  Hay cosas que deberían aprenderse en un instante.  El olvido, sin ir más lejos.  He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir).  Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari.  Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido.  "Olvide hoy, pague mañana".  Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.

Otro curso muy indicado sería el de humildad.  Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone.  Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.

Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos.  Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc. Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo.  Son rápidos, efectivos y terminantes.

Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego.  Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia.  Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido.  Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba. Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie.  Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.  De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.

Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.

"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero.  Ni siquiera la sabiduría.  Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".