Navidad
“La Navidad nos recuerda que somos humanos…, y que el resto del año no lo somos tanto.” (A. Pérez)


CARTA DE JESÚS EN NAVIDAD
Como sabrás, nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños. Todos los años se hace una gran fiesta en mi honor, y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días, la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión, y en todas partes no se habla de otra cosa que no sea lo poco que falta para que llegue el día. La verdad, es agradable saber que, al menos un día, varias personas piensan un poco en mí.
Como ya sabés, hace muchos años comenzaron a festejar mi cumpleaños. Al principio no todos parecían comprender y agradecer todo lo que hice por ellos, pero hoy en día casi nadie sabe para qué celebra. La gente se reúne y se divierte mucho, pero no sabe de qué se trata. Recuerdo el año pasado, al llegar el día de mi cumpleaños, se hizo una gran fiesta en mi honor, pero ¿sabés una cosa?, ni siquiera me invitaron. Yo era el festejado; y ni se acordaron de incluirme. La fiesta era para mí y cuando llegó mi gran día, me dejaron afuera, me cerraron la puerta... y yo quería compartir la mesa con ellos (Ap. 3, 20). La verdad, no me sorprendió, porque en los últimos años muchos me cierran las puertas. Como no me invitaron, quise de todos modos acompañarlos sin hacer ruido y me quedé en un rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos contando chistes, a las carcajadas; la estaban pasando en grande. Para colmo llegó un viejo gordo de barba blanca, vestido de rojo, gritando “jo, jo, jo”, parecía que había bebido de más; se dejó caer pesadamente en un sillón y todos los niños corrieron hacia él diciendo “Papá Noel, Papá Noel”, como si la fiesta fuera en su honor. Llegaron las 12 de la noche y todos comenzaron a abrazarse; yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara. Y, ¿sabés? Nadie me tuvo en cuenta.
Tal vez creerás que yo nunca lloro, pero esa noche lloré; me sentí abandonado y olvidado. Me llegó muy hondo, pero al pasar por tu casa, vos y tu familia me invitaron a pasar, además me trataron como a un rey. Vos y los tuyos realizaron una verdadera fiesta en la que yo era el invitado de honor.
Quiero bendecir a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar con ellas ese día y todos los días. También me conmovió el pesebre que pusieron en un rincón de tu casa. ¿Sabías que hay países en donde están prohibiendo poner pesebres? ¡Adónde irá a parar el mundo! Otra cosa que me asombra es que el día de mi cumpleaños, en vez de hacerme regalos a mí, se regalan unos a otros. ¿Qué sentirías si se hicieran regalos unos a otros y a vos no te regalaran nada? Una vez alguien me dijo: ¿Cómo te voy a regalar algo si nunca te veo? Ya te imaginarás lo que le dije: “Dale comida, ropa y ayuda a los pobres y necesitados, visitá a los enfermos y a los que están solos; cada vez que lo hagas con el más pequeño de tus hermanos, lo estás haciendo conmigo”. (Mt. 25, 34-40).
Recuerdo lo que sucedió a un anciano llamado Juan; en uno de mi cumpleaños anduvo de casa en casa pidiendo ayuda porque tenía hambre y no tenía familia. Tocó en muchas puertas sin que en ninguna lo atendieran; se dio por vencido al ver que ni siquiera esa noche iba a sentir el calor de un hogar. “¿Qué te pasa, Juan?”, le pregunté. Él dijo: “Es que nadie me invitó a pasar”. Yo me senté a su lado y le dije: “No te aflijas, a mí tampoco me han dejado entrar”.
Pero te voy a contar un secreto: como casi nadie me invita a la fiesta que hace, estoy pensando en hacer mi propia fiesta, algo grandioso como jamás te podrías imaginar. Una fiesta espectacular con grandes personalidades: Abraham, Moisés, el rey David y otros. Todavía estoy haciendo los últimos arreglos, por lo que quizás no sea este año. Estoy enviando muchas invitaciones y hoy, querido amigo, hay una invitación para vos. Sólo quiero que me digas si querés asistir, así te reservo un lugar, y escribiré tu nombre con letras de oro en mi gran libro de invitados. Preparate, porque cuando todo esté listo, daré una gran sorpresa.
Un abrazo. Tu amigo del alma

Jesús de Nazaret

 

 

DIFERENCIAS ENTRE JESÚS Y PAPÁ NOEL

Papá Noel vive en el Polo Norte.
JESÚS está en todas partes.

Papá Noel se pasea en trineo.
JESÚS se pasea por el viento y camina sobre las aguas.

Papá Noel viene una vez al año.
JESÚS es una ayuda siempre presente.

Papá Noel te deja muchos regalitos.
JESÚS colma todas tus necesidades.

Papá Noel baja por tu chimenea sin invitación.
JESÚS se detiene en tu puerta y toca, después entra a tu corazón para siempre cuando lo invitás.

Para ver a Papá Noel tenés que hacer fila.
JESÚS está tan cerca como el hecho de mencionar su nombre.

Papá Noel te deja sentarte en sus piernas.
JESÚS te deja descansar en sus brazos.

Papá Noel no sabe tu nombre, todo lo que puede decir es: “Hola, pequeño, ¿cómo te llamás?”
JESÚS sabe tu nombre desde antes de que nacieras.  No sólo sabe tu nombre y tu dirección.  Él sabe tu historia y tu futuro, y te conoce como nadie.

Papá Noel tiene una barriga que parece llena de mermelada.
JESÚS tiene un corazón lleno de amor.

Todo lo que Papá Noel puede ofrecer es "Jo, Jo, Jo".
JESÚS ofrece salud, ayuda, esperanza.

Papá Noel dice: “No llores”.
JESÚS dice: "Descansá tus preocupaciones en mí, que yo cuidaré de vos."

Los pequeños ayudantes de Papá Noel hacen juguetes.
JESÚS hace vida nueva, repara corazones lastimados y arregla hogares rotos.

Papá Noel puede hacerte sonreír.
JESÚS te da la alegría que es tu fuerza.

Papá Noel deja regalos debajo de tu árbol.
JESÚS fue nuestro regalo y murió en un árbol.

        Es obvio que no puede haber una comparación real.  Necesitamos recordar a Quien verdaderamente le da sentido a la Navidad.  Necesitamos que Jesús sea el centro de la Navidad.  Jesús es la verdadera razón de ser de este tiempo.
        La frase que dice: "La Navidad es tiempo de dar y compartir", no se refiere a los regalos de Papá Noel, sino más bien a la entrega que hizo Jesús para salvarnos y mostrarnos el camino a seguir. 

EL CUADRO DEL HIJO
Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte.  Tenían de todo en su colección de cuadros, desde Picasso hasta Rafael.  Muy a menudo, se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte.
Desgraciadamente, el hijo fue a la guerra.  Fue muy valiente y murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado.
El padre recibió la noticia y sufrió profundamente la muerte de su único hijo.
Un mes más tarde, justo antes de la Navidad, alguien tocó a la puerta.  Un joven con un gran paquete en sus manos dijo al padre:
“Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio su vida.  Él salvó muchas vidas ese día, y me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala lo alcanzó, muriendo así instantáneamente.  Él hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el arte”.  
        El muchacho extendió los brazos para entregar el  paquete:
“Yo sé que esto no es mucho.  Yo no soy un gran artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto.”
El padre abrió el paquete.  Era un retrato de su  hijo, pintado por el  joven soldado.  Él contempló con profunda admiración la manera en que el soldado había capturado la  personalidad de su hijo en la pintura.  El padre estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su hijo que los suyos propios se llenaron de lágrimas.
Le agradeció al joven soldado y ofreció pagarle por el cuadro.
“Oh no, Señor, yo nunca podría pagarle lo que su hijo hizo por mí.  Es un regalo.”
El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su chimenea.  Cada vez que las visitas llegaban a su casa, les mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería de arte.
        El hombre murió unos meses más tarde.  Se anunció una subasta con todas las pinturas que poseía.  Mucha gente importante e influyente acudió con grandes expectativas de obtener alguno de los famosos cuadros de  la colección.
        Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo.  El subastador golpeó su martillo para dar inicio a la subasta.
“Empezaremos el remate con este retrato del hijo.  ¿Quién ofrece por este cuadro?”
        Hubo un gran silencio.  Entonces una voz del fondo de la habitación gritó: “¡Queremos ver las pinturas famosas!  Olvídese de esa”.
        Sin embargo el subastador persistió: “¿Alguien ofrece algo por esta pintura?  ¿$100?  ¿$200?”
Otra voz gritó con fastidio: “No estamos aquí por esa pintura.  Venimos por los Van Goghs, los Rembrandts.  No perdamos tiempo con esa.”
                  Pero aún así el subastador continuaba su labor: “El Hijo.  El Hijo.  ¿Quién se lleva El Hijo?”
                  Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás de la habitación: “Yo ofrezco diez dólares por la pintura.”
                  Era el viejo jardinero del padre y del hijo.  Siendo un hombre muy pobre, era lo único que podía ofrecer.
        “Tenemos $10.  ¿Quién da $20?”, gritó el subastador.
                  La multitud se estaba impacientando.  No querían la pintura de El Hijo.  Querían las que significaban una valiosa inversión para sus propias colecciones.
                  El subastador golpeó por fin el mazo: "Va una, van dos..., vendida por $10."
        “¡Empecemos ahora con la colección!”, gritó uno.
         El subastador soltó su martillo y dijo: “Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta ha llegado a su fin.”
        “Pero, ¿qué pasa con las pinturas?”, dijeron los interesados.
        “Lo siento”, contestó el subastador, “cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me informó de un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo no tenía permitido revelar esta cláusula  hasta este preciso momento.
                 Solamente la pintura de EL HIJO sería subastada.  Aquel que la comprara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas.
        El hombre que compró EL HIJO se queda con todo.”

        Dios nos ha entregado por amor a su Hijo, quien murió en una cruz hace 2000 años.  Así como el subastador, su mensaje hoy es: “EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA EL HIJO?”
        Quien ama al Hijo lo tiene todo.
          “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.” (Mt. 6, 33)

GANSOS PERDIDOS EN LA NIEVE
(Paul H. Dunn)

        Érase una vez un hombre que no creía en Dios. No tenía reparos en decir lo que pensaba de la religión y las festividades religiosas, como la Navidad.  Su mujer, en cambio, era creyente a pesar de los comentarios desdeñosos de su marido.
Una Nochebuena en que estaba nevando, la esposa se disponía a llevar a los hijos al oficio navideño de la parroquia de la localidad agrícola donde vivían. Le pidió al marido que los acompañara, pero él se negó.
-¡Qué tonterías! -arguyó-. ¿Por qué Dios se iba a rebajar a descender a la tierra adoptando la forma de hombre? ¡Qué ridiculez!
Los niños y la esposa se marcharon y él se quedó en casa.  Un rato después, los vientos empezaron a soplar con mayor intensidad y se desató una ventisca. Observando por la ventana, todo lo que aquel hombre veía era una cegadora tormenta de nieve. Y decidió relajarse sentado ante la chimenea.
Al cabo de un rato, oyó un ruido; algo había golpeado la ventana. Luego, oyó un segundo golpe fuerte. Miró hacia afuera, pero no logró ver a más de unos pocos metros de distancia. Cuando empezó a amainar la nevada, se aventuró a salir para averiguar qué había golpeado la ventana.
Dos gansos muertos yacían al pie de su ventana y en su potrero descubrió una bandada de gansos salvajes. Por lo visto, iban camino al sur para pasar allí el invierno, se vieron sorprendidos por la tormenta de nieve y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en aquella granja sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo en círculos por el campo, cegados por la borrasca, sin seguir un rumbo fijo. El agricultor sintió lástima de los gansos y quiso ayudarlos.
-Sería ideal que se quedaran en el granero -pensó-. Ahí estarán al abrigo y a salvo durante la noche mientras pasa la tormenta.
         Dirigiéndose al establo, abrió las puertas de par en par. Luego observó y aguardó, con la esperanza de que las aves advirtieran que estaba abierto y entraran. Los gansos, no obstante, se limitaron a revolotear dando vueltas. No parecía que se hubieran dado cuenta siquiera de la existencia del granero y de lo que podría significar en sus circunstancias. El hombre intentó llamar la atención de las aves, pero sólo consiguió asustarlas y que se alejaran más.
        Entró a la casa y salió con algo de pan. Lo fue partiendo en pedazos y dejando un rastro hasta el establo. Sin embargo, los gansos no entendieron.
        El hombre empezó a sentir frustración. Corrió tras ellos tratando de ahuyentarlos en dirección al granero. Lo único que consiguió fue asustarlos más y que se dispersaran en todas direcciones menos hacia el granero. Por mucho que lo intentara, no conseguía que entraran al granero, donde estarían abrigados y seguros.
-¿Por qué no me seguirán? -exclamó- ¿Es que no se dan cuenta de que ese es el único sitio donde podrán sobrevivir a la nieve?
         Reflexionando por unos instantes, cayó en la cuenta de que las aves no seguirían a un ser humano.
-Si yo fuera uno de ellos, entonces sí que podría salvarlos -dijo pensando en voz alta.
         Seguidamente, se le ocurrió una idea. Entró al establo, agarró un ganso doméstico de su propiedad y lo llevó en brazos, paseándolo entre sus congéneres salvajes. A continuación, lo soltó. Su ganso voló entre los demás y se fue directamente al interior del establo. Una por una, las otras aves lo siguieron hasta que todas estuvieron a salvo.
        El campesino se quedó en silencio por un momento, mientras las palabras que había pronunciado hacía unos instantes aún le resonaban en la cabeza:
-Si yo fuera uno de ellos, ¡entonces sí que podría salvarlos!
         Reflexionó luego en lo que le había dicho a su mujer aquel día:
-¿Por qué iba Dios a querer ser como nosotros? ¡Qué ridiculez!
De pronto, todo empezó a cobrar sentido. Entendió que eso era precisamente lo que había hecho Dios. Se planteó que nosotros éramos como aquellos gansos: estábamos ciegos, perdidos y a punto de perecer. Dios se volvió como nosotros a fin de indicarnos el camino y, por consiguiente, salvarnos. El agricultor llegó a la conclusión de que ese había sido ni más ni menos el objeto de la Natividad.
         Cuando amainaron los vientos y cesó la cegadora nevasca, su alma quedó en quietud y meditó en tan maravillosa idea. De pronto comprendió el sentido de la Navidad y por qué había venido Jesús a la Tierra. Junto con aquella tormenta pasajera, se disiparon años de incredulidad. Hincándose de rodillas en la nieve, elevó su primera plegaria:
-¡Gracias, Señor, por venir en forma humana a sacarme de la tormenta!


 

LA ROSA BLANCA Y LA MUÑECA
De prisa, entré en la tienda a comprar unos regalos de Navidad a última hora. Miré a mi alrededor toda la gente que había allí y me molesté un poco. “Estaré aquí una eternidad; con todo que tengo que hacer…”, pensé.
La Navidad se había convertido ya casi en una molestia. Estaba deseando dormirme por todo el tiempo que durara la Navidad.  Pero me apresuré lo más que pude por entre la gente en la tienda. Entré en el sector de juguetes. Otra vez más, me encontré murmurando para mí misma, sobre los precios de aquellos juguetes. Me pregunté si mis nietos jugarían realmente con ellos. De pronto, estaba en la sección de muñecas. En una esquina, me encontré con un niño, como de 6 años, sosteniendo una preciosa muñeca.
Estaba tocándole el cabello y la sostenía muy tiernamente. No me pude aguantar; me quedé mirándolo fijamente y preguntándome para quién sería  la muñeca que sostenía, cuando de pronto se le acerco una mujer, a la cual él llamó “tía”. El niño le preguntó: “¿Estás segura que no tengo dinero suficiente?” Y la mujer le contestó, con un tono impaciente: “Tú sabes que no tienes suficiente dinero para comprarla.” La mujer le dijo al niño que se quedara allí donde estaba mientras ella buscaba otras cosas que le faltaban.
El niño continúo sosteniendo la muñeca. Después de un  ratito, me le acerqué y le pregunté al niño para quién era la muñeca. Él me contestó: “Esta muñeca es la que mi hermanita deseaba con tanto anhelo para Navidad. Ella estaba segura que Papá Noel se la iba a traer.” Yo le dije que lo más seguro era que Papá Noel se la traería. Pero él me contestó: “No, no puede ir a donde mi hermanita está. Yo le tengo que dar la muñeca a mi mamá para que ella se la lleve a mi hermanita.”
Yo le  pregunté dónde estaba su hermana. El niño, con una cara muy triste me contestó: “Ella se ha ido con Jesús. Mi papá dice que mamá se va a ir con ella también.”
Mi corazón casi deja de latir. Volví a mirar al niño una y otra vez. Él continuó: “Le dije a papá que le dijera a mamá que no se fuera todavía. Le dije que le dijera a ella que esperara un poco hasta que yo regresara de la tienda.” El niño me preguntó si quería ver su foto y le dije que me encantaría. Entonces, él sacó unas fotografías que tenía en su bolsillo y que había tomado al frente de la tienda y me dijo: “Le dije a papá que le llevara estas fotos a mi mamá para que ella nunca se olvide de mí. Quiero mucho a mi mamá y no quisiera que ella se fuera. Pero papá dice que ella se tiene que ir con mi hermanita.”
Me di cuenta que el niño había bajado la cabeza y se había quedado muy callado. Mientras él no miraba, metí la mano en mi cartera y saqué unos billetes. Le dije al niño que contáramos el dinero otra vez. El niño se entusiasmó mucho y comento: “Yo sé que es suficiente.” Y  comenzó a contar el dinero otra vez. El dinero ahora alcanzaba para pagar la muñeca. El niño, en una voz muy suave, comentó: “Gracias, Jesús, por darme suficiente dinero”.
El niño entonces dijo: “Yo le acabo de pedir a Jesús que me diera suficiente dinero para comprar esta muñeca, para que así mi mamá se la pueda llevar a mi hermanita. Y El oyó mi oración. Yo le quería pedir dinero suficiente para comprarle a mi mamá una rosa blanca también, pero no lo hice. Pero Él me acaba de dar suficiente para comprar la muñeca y la rosa para mi mamá. A ella le gustan mucho las rosas. Le gustan mucho las rosas blancas”. En unos minutos la tía regresó y yo, desapercibidamente, me fui.
Mientras terminaba mis compras, con un espíritu muy diferente al que tenía al comenzar las compras, no podía dejar de pensar en el niño. Recordé una historia que había leído en el periódico unos días antes, acerca de un accidente causado por un conductor ebrio, donde había perecido una niñita y su mamá estaba en  estado de gravedad. La familia estaba deliberando en si mantener o no a la mujer con vida artificial y máquinas. Me di cuenta de inmediato que este niño pertenecía a esa familia.
Dos días más tarde leí en el periódico que la mujer del accidente había sido removida de la maquinaria que la mantenía viva, y había muerto. No me podía quitar de la mente al niño. Más tarde ese día, fui y compré un ramo de rosas blancas y las llevé a la funeraria donde estaba el cuerpo de la mujer. Y allí estaba, la mujer del periódico, con una rosa blanca en su mano, una hermosa muñeca, y la foto del niño en la tienda.
Me  fui llorando..., sentí que mi vida había cambiado. Me descubrí desde entonces más atenta y dispuesta ante la necesidad de los demás.

MARTÍN, EL ZAPATERO
(León Tolstoi)
Cuenta la historia que Martín era un hombre ya entrado en años, que se ganaba la vida como zapatero. Vivía solo, en una pequeña casa, ya que su mujer había muerto de muy joven y el hijito que ambos habían tenido, también había enfermado y fallecido. Por todo esto que le había sucedido, Martín estaba muy enojado con Dios, o lo que es más, le era indiferente.
    Cierto día, llegó a la casa de Martín un curita, que le traía como trabajo hacer una nueva funda de cuero para su Biblia. Para que esa funda sea perfecta, le dejó el libro para que tomara las medidas. Esa noche, luego de cenar, Martín sintió la necesidad de abrir la Biblia que el cura le había dejado y leyó una cita del Evangelio, Mt. 25, 31-46. Cuando terminó de leerla, cansado por el trabajo de todo el día se quedó dormido sobre la mesa. Tan dormido estaba que hasta soñó... ¡Y qué sueño! Escuchó la voz de Dios que le decía: “Martín, mañana voy a ir a visitarte”.
    Al otro día se despertó sobresaltado, nervioso, pero contento. Dios iría a visitarlo a su casa. Desayunó y se puso a limpiar y ordenar todo. En eso, mientras estaba en plena tarea, golpeó a su puerta un anciano, que estaba exhausto de tanto caminar. Martín lo hizo pasar, le ofreció un mullido sillón para descansar y le sirvió un té. Cuando hubo descansado lo suficiente, el anciano le agradeció y se fue. Martín siguió con los preparativos para recibir a su visita. Al rato, golpearon nuevamente su puerta. “¡Es el Señor!”, pensó Martín, pero al abrir sólo vio a una mujer, con un bebé en brazos, que venía a pedirle: “Señor, estoy sola con mi niño, y no tenemos qué comer desde hace días... ¿Podría usted ayudarme con algo?” Martín los hizo pasar, le dio algo de comer a ella, y calentó bastante leche para el bebé. Cuando hubieron comido lo suficiente, la mujer se levantó, agradeció a Martín con un beso en las manos, y se marchó. Martín, cada vez más ansioso, no veía la hora de que llegara su invitado. Mientras limpiaba, miró por la ventana de su casa, y vio a un niño de la calle, con su ropa toda rota y sucia, caminando en medio de la nieve. Martín fue entonces a buscar en el placard, abrió un cajón en el que reservaba la ropita que había sido de su pequeño, tomó las mejores prendas, salió y se las ofreció al niño de la calle, que las aceptó con una sonrisa de oreja a oreja. Martín entró nuevamente en su casa y siguió remendando zapatos.
    Así estuvo todo el día, hasta que, a la noche, cansado por el trabajo, sentado se quedó dormido. Tan dormido estaba que hasta soñó... ¡Y qué sueño! En él, vio a Jesús, y le dijo: “¡Señor, estuve todo el día esperándote! Limpié, ordené, preparé todo... y vos ¡me fallaste!” En el sueño, volvió a escuchar la voz de Dios que le decía: “¡¿Cómo que te fallé?! ¿No fui a tu casa? Sí, fui. Y no una, sino tres veces. Una vez vestido de anciano, y me ofreciste descanso y comida. Más tarde fui en forma de madre cansada y de bebé hambriento, y me atendiste muy bien. Por último, fui también como niño de la calle y me diste lo mejor... ¿No te acordás acaso que todo lo que hacen por el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hacen?” En eso Martín se despertó, alegre como nunca.
    Todo esto sucedió la noche del 24 de diciembre. Ese año Martín vivió una Navidad distinta, porque había descubierto su verdadero sentido.

NACIÓ EN UNA PEQUEÑA ALDEA
Nació en una pequeña aldea, hijo de una mujer del campo.
Creció en otra aldea donde trabajó como carpintero hasta que tuvo 30 años.
Después, y durante tres años, fue predicador ambulante.
Nunca escribió un libro. Nunca tuvo un cargo público.
Nunca tuvo familia o casa. Nunca fue a la universidad.
Nunca viajó a más de trescientos kilómetros de su lugar de nacimiento.
Nunca hizo nada de lo que se asocia con grandeza.
No tenía más credenciales que él mismo.
Tenía sólo treinta y tres años cuando la opinión pública se volvió en su contra.
Sus amigos le abandonaron.
Fue entregado a sus enemigos, e hicieron mofa de él en un juicio.
Fue crucificado entre dos ladrones.
Mientras agonizaba preguntando a Dios por qué le había abandonado, sus verdugos se jugaron sus vestiduras, la única posesión que tenía.
Cuando murió fue enterrado en una tumba prestada por un amigo.
Han pasado veinte siglos, y hoy es figura central de nuestro mundo, factor decisivo del progreso de la humanidad.
Ninguno de los ejércitos que marcharon, ninguna de las armadas que navegaron, ninguno de los parlamentos que se reunieron, ninguno de los reyes que reinaron, ni todos ellos juntos, han cambiado tanto la vida del hombre en la tierra como Él.

UNA LEYENDA NAVIDEÑA
(Raniero Cantalamessa OFM)
Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna.
Es la suerte más bella que podría sucedernos también a nosotros. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros su Niño.    

Joel Padrón Ibañez
Que cada día, Dios te acune en sus brazos.
Que Su voz tierna te arrulle, y que en el día y la noche, guíe tu caminar.
Que el Jesús del Pesebre, solidario y humilde, nos siga dando esperanza y consuelo.
Que el Espíritu de amor, de vida y paz, nos siga levantando y animando.
Que sigamos viviendo la vida junto a Dios, porque así, la vida tiene sentido, pasión, valor, justicia, perdón y dignidad.
Porque otro mundo es posible, porque hay buena vida, porque ya es tiempo de compartirla.