Educación
“Si quieres hacer planes para un año, siembra granos. Si quieres hacer planes para diez años, planta árboles. Si quieres hacer planes para cien años, instruye un pueblo.” (Kuan Tsu)

INTENTAR CON LO QUE TENEMOS
(Jack Riemer, Houston Chronicle, 10/2/2001)

El 18 de noviembre de 1995, el violinista Itzhatk Perlman subió al escenario para dar un concierto en el salón Avery Fisher del "Lincoln Center" en la ciudad de Nueva York. Si usted alguna vez ha estado en un concierto de Perlman, sabe que subir al escenario no es un logro pequeño para él.
Él tuvo polio cuando era niño. Tiene abrazaderas en ambas piernas y camina con la ayuda de muletas. Verlo caminar sobre el escenario de un lado al otro, paso a paso, lenta y penosamente, es una escena impresionante. Él camina penosa pero majestuosamente, hasta que alcanza su silla.
Después se sienta y lentamente pone las muletas sobre el piso, abre los broches de las abrazaderas en sus piernas, recoge un pie y extiende el otro hacia adelante. Después se inclina y recoge el violín, lo pone bajo su barbilla, hace una seña al Director y procede a tocar.
Hasta ahora, la audiencia ya estaba acostumbrada a este ritual. Permanecían sentados en silencio mientras él caminaba por el escenario hasta su silla, esperando el momento en que él estuviera listo para tocar. Pero esta vez, algo ocurrió. Justo cuando él terminaba de tocar sus primeros acordes, una cuerda de su violín se rompió. Se pudo oír el estallido. Salió disparada como bala por el salón. No había duda de lo que ese sonido significaba. No había duda de lo que él tendría que hacer.
Los que estaban ahí esa noche tal vez pensaron: "Ahora, él va a tener que ponerse de pie, abrocharse las abrazaderas, recoger las muletas, y renguear hasta afuera del escenario para encontrar otro violín u otra cuerda."
Pero no fue así. En cambio, él esperó un momento, cerró sus ojos y después hizo una seña al Director para retomar. La orquesta empezó y él tocó desde donde había interrumpido. Él tocó con tanta pasión, con tanto poder y con una claridad que nunca antes nadie había escuchado.
Claro, cualquiera sabe que es imposible tocar una obra sinfónica con sólo tres cuerdas. Lo sé yo y lo sabe usted, pero esa noche Itzhak Perlman se rehusó a saberlo. Uno podía observar cómo modulaba, cambiaba y recomponía esa pieza en su cabeza. En una instancia, sonaba como que él estuviera modificando las cuerdas para obtener sonidos inusitados.
Cuando él terminó, hubo un silencio impresionante en el salón. Después la gente se levantó y lo aclamó. Hubo una explosión de aplausos desde cada rincón del auditorio. Todos estábamos de pie, gritando y aclamando, haciendo todo lo posible para mostrar cuánto apreciábamos lo que él había hecho.
Él sonrió, se secó el sudor de sus cejas, alzó su arco para callarnos, y después dijo, no presumidamente, sino en un tono tranquilo, pensativo, y reverente: "Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es la de averiguar cuánta música podemos producir con lo que nos queda."
Qué frase tan poderosa. Se ha quedado en mi mente desde que la oí. ¿Y quién sabe? Tal vez esa sea la definición de la vida, no sólo para los artistas sino también para todos nosotros. He aquí un hombre que se ha preparado toda su vida para producir música con un violín de cuatro cuerdas; se encuentra de repente en medio de un concierto con sólo tres cuerdas, y entonces toca con lo que le queda. La música que él produjo esa noche con sólo tres cuerdas fue más bonita y memorable que cualquier otra que él haya ejecutado con cuatro cuerdas.
Entonces, tal vez nuestra tarea en este mundo inestable, cambiante, y perplejo en el que vivimos es la de interpretar música, primero con lo que tenemos, y después, cuando esto ya no sea posible, producir música con lo que nos queda.

LEVANTA LAS PIEDRAS
(William Cunningham)

Iba un hombre caminando por el desierto cuando oyó una voz que le dijo: "Levanta unas piedras, mételas en tu bolsillo y mañana te sentirás a la vez triste y contento".
Aquel hombre obedeció. Se inclinó, recogió un puñado de piedras y se las metió en el bolsillo.
A la mañana siguiente, vio que las piedras se habían convertido en diamantes, rubíes y esmeraldas.
Y se sintió feliz y triste. Feliz, por haber recogido las piedras; triste, por no haber recogido más.
Lo mismo ocurre con la educación que vamos recibiendo a lo largo de nuestra vida.

ORACIÓN DE LA MAESTRA
(Gabriela Mistral)

Señor, Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe,
que lleve el nombre de maestra
que Tú llevaste por la tierra.

Maestro, hazme perdurable el fervor
y pasajero el desencanto.

Dame el ser más madre que las madres,
para poder amar y defender como ellas
lo que no es carne de mis carnes.

Dame sencillez y dame profundidad;
líbrame de ser complicada y banal
en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas,
al entrar cada día en mi escuela.

Que no lleve a mi mesa de trabajo
mis pequeños afanes materiales,
mis menudos dolores.

Aligérame la mano en el castigo
y suavízamela más en la caricia.

Reprenda con dolor,
para saber que he corregido amando.

Haz que haga de espíritu
mi escuela de ladrillos.

Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo
su atrio pobre, su sala desnuda.

Mi corazón le sea más columna
y mi buena voluntad más oro
que el oro y las columnas de las escuelas ricas.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo,
para que no renuncie a la batalla de cada día por él.

PADRENUESTRO DEL DOCENTE

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO.
Y también con nosotros.
Comenzamos en tu presencia esta jornada de trabajo, con espíritu fraternal porque Tú eres nuestro Padre.
Tú nos acompañas como el sol sobre el horizonte de este día nuevo, que nos entregas y confías para que seamos luz en el camino de tus hijos, y descubramos con ellos que el Cielo ya está con nosotros.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE.
Que te alaben nuestros alumnos y te bendigan al ver nuestras buenas obras.
Que te descubran y se reconozcan hijos tuyos, al sentirse alcanzados por tu amor de Padre, revelado en nuestro amor de hermanos.
Que tu nombre de Padre se haga visible en la convivencia familiar de nuestra Comunidad Educativa.

VENGA A NOSOTROS TU REINO.
El que Jesús anunció y comenzó, el reino de la paz en el amor, en la justicia y en la libertad.
El Reino cuya maduración nos confiaste a cada uno de nosotros.
Que nuestras aulas sean la antesala de una sociedad renovada por la convivencia en la fraternidad.

HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.
Que la descubran todos los hombres y la realicen en todas partes.
Que nosotros llenemos sus exigencias, conviviendo y colaborando fraternalmente en nuestra Comunidad Educativa, compartiendo las cargas con nuestros compañeros de trabajo, y caminando como pedagogos con tus hijos por los caminos de la libertad comprometida en el amor.

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA.
El pan de la mesa familiar.
El pan de la verdad y la amistad.
El pan de la justicia y la libertad.
El pan de los ideales y los valores que le da sentido a la vida.
El pan de la responsabilidad creadora, para que compartamos cada día con los alumnos que nos confiaste, y así crezcamos con ellos hasta la madurez del Hombre Nuevo.

PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN.
Perdónanos nuestras mediocridades y nuestras limitaciones culpables, porque con ellas empobrecemos a nuestros alumnos.
Perdónanos nuestros desalientos y nuestras impaciencias, que miden la pobreza de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza.
Y que nosotros comprendamos y perdonemos a nuestros alumnos como Tú nos comprendes y nos perdonas
Que los aceptemos como son para que lleguen a ser mejores.
Que los ayudemos a crecer con un amor lleno de exigencias y totalmente libre de impaciencias, como Tú lo haces con nosotros

NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN.
De hacer de nuestra vocación una mercancía que se vende y se compra; de olvidar a los “marginados” de la cultura y de nuestras estructuras educacionales; de reducirnos a ser funcionarios al servicio de una enseñanza no comprometida con la vida; de callar por miedo, cuando debemos hablar para defender los derechos de nuestros alumnos, de nuestros compañeros de trabajo y de cualquier persona; de desalentarnos ante el peso y las dificultades de cada día; de perder la confianza en nuestros alumnos, porque Tú tienes puesta en ellos tu esperanza creadora de Padre.

Y LÍBRANOS DEL MAL.
Del paternalismo que aliena y no deja crecer y del autoritarismo que domestica, borrando la originalidad de cada alumno.
Líbranos del mal de sentirnos dueños, cuando Tú nos quieres servidores de los que son tus hijos y hermanos nuestros.
Y líbranos del mal terrible de no amar a nuestros alumnos, dañando la vida de la niñez y de la juventud, porque en ellos está la esperanza de la patria y del mundo del mañana.

AMÉN
Sí, Padre.
Así lo queremos.
Así lo pedimos.
Así lo prometemos.
Así lo esperamos, porque Tú también lo quieres y juntos lo haremos posible.
Amén.

PARA QUÉ ESTUDIAR
(San Bernardo)

Una persona puede estudiar por cinco razones:

Para saber.
Para mostrar que sabe.
Para obtener ganancias.
Para instruir a otros.
Para instruirse a sí mismo.

Saber por saber, es curiosidad.
Saber para mostrar que se sabe, es vanidad.
Saber para conseguir dinero u honores, es comercio.
Saber para instruir a otros, es caridad.
Saber para instruirse a sí mismo, es humildad.

Los dos últimos no abusan de la ciencia, porque estudian para hacer el bien.

APRENDER A EQUIVOCARSE
(Alfonso Aguiló)
            
            Los perfeccionistas son personas que tienen cosas muy positivas: creen en el trabajo bien hecho, procuran terminar bien las cosas, ponen ilusión en cuidar los detalles...; pero tienen también bastantes negativas.

            Una de las cosas más difíciles de aprender es a equivocarse y no venirse abajo, saber reconocer un error sin sentirse terriblemente humillado.

            Debemos aprender a darnos cuenta de que no es una tragedia equivocarse, puesto que la calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores.

            Triunfar es -en cierta manera- aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir.

            “El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse", decía el conocido estadista e historiador británico Winston Churchill. Todos hemos conocido chicos y chicas que acaban siendo personas raras por culpa de una especie de terror a hacerlo mal. Ese chico, o esa chica, a lo mejor no quiere jugar al fútbol o al básquet en el colegio, porque dice -y no es para tanto- que no juega bien. O jamás pasa voluntariamente al pizarrón, porque le aterra la posibilidad de no saber contestar perfectamente. O no quiere participar de un juego que no conoce, porque no quiere arriesgarse a ser el perdedor hasta que haya conseguido dominar bien sus reglas.

            Los perfeccionistas viven tensos, sufren mucho cuando ven que no siempre pueden llegar a la suma perfección que tanto anhelan, su minuciosidad les hace ser lentos, y con frecuencia son demasiado exigentes con quienes no son tan perfeccionistas como ellos.


Reconocer los errores

            Una de las cosas más difíciles de aprender es a equivocarse. No me refiero al hecho en sí de fallar, de cometer un error, que eso es muy fácil. Hablo de equivocarse y no venirse abajo, de saber reconocer un error sin sentirse terriblemente humillado. Que no nos suceda como a Guille, el hermanito de Mafalda, aquella vez que su hermana lo encontró llorando desconsoladamente:
- ¿Qué te pasa, Guille?
- Me duelen los pies - responde entre pucheros.
Mafalda se fija en los pies del crío y le explica:
- Claro, Guille, te has puesto los zapatos cambiados de pie, al revés.
Guille, tras un instante para comprobar el hecho indiscutible, comienza a berrear más fuerte. Mafalda le interrumpe:
- ¿Y ahora?
- ¡Ahora me duele mi odgullo!


Lo natural, el fracaso

            Los fracasos son algo connatural al hombre, le siguen como la sombra al cuerpo. Todos nos equivocamos, y a veces quizá más de lo que creemos. Por eso, cuando los perfeccionistas se derrumban al comprobar que no son perfectos, demuestran con ello ser personas que cuentan poco con la realidad. Debemos aprender a darnos cuenta de que no es una tragedia equivocarse, puesto que la calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores.

            A veces en esto tienen bastante culpa los padres. Hay padres que educan a sus hijos en la neurosis perfeccionista. Quizá educan a su hijo para que jamás suspenda o jamás rompa un plato, cuando más bien deberían educarle para que se esmere en ser un buen estudiante y procure que no se le caiga el plato, y -sobre todo- para que sepa sacar fuerza de cada error y sea capaz de volver a estudiar con ilusión o de recoger los pedazos del plato roto.


Enseñanza y humildad

            Porque errores..., cometemos todos. La diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y pesimismo. Conviene educar a los chicos de modo que tengan capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

            Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera, a nuestro favor. El fracaso hace lucir ante uno mismo la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la oportunidad de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos. Es así, en medio de un entorno en el que no todo nos viene dado, como se va curtiendo el carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad.


Ingenuidad ante la vida

            Sería una completa ingenuidad dejar que la vida se diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan utópico como es el deseo de permanecer en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y los que le rodeen probablemente acabarían estándolo también.

            Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer traspié; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a otros que no pueden soportar una pequeña mancha en su brillante carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar.

            Como decía G. von Le Fort, "Hay una dicha clara y otra oscura, pero el hombre incapaz de saborear la oscura, tampoco es capaz de saborear la clara". O como decía Quevedo, "El que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos". Por eso, en la tarea de educar el propio carácter, o el de los hijos, es muy importante no caer en ese estilo de neurosis perfeccionista.


¿Quién triunfa?

            Los que puede decirse que triunfan en la vida no es porque no fracasen nunca, o lo hagan muy pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a superar esos pequeños y constantes fracasos que van surgiendo, se quiera o no, en la vida de toda persona. Los que, por el contrario, fracasan en la vida, son aquellos que con cada pequeño fracaso, en vez de sacar experiencia, se van hundiendo un poco más.

            Triunfar es -en cierta manera- aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir. Cada frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.


Para pensar…

            La equivocación del perfeccionista no es combatir el error, sino pretender aniquilarlo, como si fuera posible semejante cosa. Corremos el peligro de entretenernos con detalles y minucias que distraen la mirada de lo principal.

            El perfeccionismo suele ir unido a la indecisión y a la resistencia a delegar o confiar en los demás. Lleva a un estilo titubeante, rígido, demasiado exigente.

            Al perfeccionista le cuesta comprometerse. Sin embargo, vivir es optar y adquirir vínculos, y eso supone riesgos: quien pretenda evitarlos siempre, no es libre, sino un prisionero de su indecisión.

            ¿Te ves a veces un tanto atormentado por un diálogo interior incesante, por una de esas situaciones en las que la mente gira a gran velocidad y no concluye en nada claro? Ese diálogo de la mente consigo mismo, de modo interminable, sopesando pros y contras de una decisión intrascendente... lo más probable es que no te aporte casi nada.


...Y actuar

            Haz un esfuerzo por estar al mando de esa voz interior. No dejes que se te llene la cabeza de ideas reiterativas o recurrentes, de nuevos argumentos a favor o en contra de cuestiones de poca importancia.

            El hombre activo y práctico ha de saber confiar en los demás, delegar, distribuir las tareas, etc.

            Una máquina de decidir no existirá nunca. Si tienes tendencia al perfeccionismo, márcate un límite y decide, y después quédate tranquilo, no pienses más en eso.

SOBREPROTECCIÓN
(Lic. Miguel Huertas)

Si usted carga a alguien sobre sus hombros avanzará más lentamente y más incómodo, lo atacará a menudo por lo pesado que le resulta y lo acusará de ingratitud. Si usted carga a alguien sobre sus hombros, provocará que las piernas del otro se atrofien y las suyas propias se resientan y por cierto, al mostrarle que usted cree que él no puede caminar por sus propios medios, no lo estará respetando.
Si camina junto a él, la marcha será más rápida y mas distendida, podrán ambos ver mejor por y hacia donde van, y la relación será más armoniosa, puesto que no la entorpecerán los reproches. Así el andar se verá enriquecido por las experiencias compartidas a una misma altura. Si usted camina junto a él, sus piernas se fortalecerán, y las suyas se cansarán menos. Al ver que se le permite caminar solo, el otro se sentirá respetado y por lo tanto, se respetará.
Cargar a alguien sobre los hombros es, a veces, un intento de sentirse poderoso. Caminar junto a alguien es, siempre, un acto de amor. Y aunque muchas de nuestras creencias nos indiquen lo contrario, no lo dudemos: todos, absolutamente todos, podemos caminar si nos lo permiten y todos, también, tenemos derecho a elegir nuestro propio camino, por pedregoso, equivocado o incierto que le pueda parecer a los demás.

UN ERROR AFORTUNADO
  
En el salón de clase había dos alumnos que tenían el mismo apellido:
Urdaneta. Uno de los Urdaneta, el más pequeño, era un verdadero dolor de
cabeza para la maestra: indisciplinado, poco aplicado en sus estudios,
buscador de pleitos. El otro Urdaneta, en cambio, era un alumno ejemplar.
Tras la reunión de representantes, una señora de modales muy finos se
presentó a la maestra como la mamá de Urdaneta. Creyendo que se trataba de la
mamá del alumno aplicado, la maestra se deshizo en alabanzas y felicitaciones
y repitió varias veces que era un verdadero placer tener a su hijo como
alumno.
A la mañana siguiente, el Urdaneta revoltoso llegó muy temprano al colegio y fue directo en busca de su maestra. Cuando la encontró, le dijo casi entre lágrimas: "Muchas gracias por haberle dicho a mi mamá que yo era uno de sus alumnos preferidos y que era un placer tenerme en su clase. ¡Con qué alegría me lo decía mamá! ¡Qué feliz estaba! Ya sé que hasta ahora no he sido bueno, pero desde ahora lo voy a ser."
La maestra cayó en la cuenta de su error pero no dijo nada. Sólo sonrió y
acarició levemente la cabeza de Urdaneta en un gesto de profundo cariño. El
pequeño Urdaneta cambió totalmente desde entonces y fue, realmente, un placer
tenerlo en clase.
Las expectativas que abrigamos hacia una persona se las comunicamos y es probable que se conviertan en realidad. Esto es lo que se conoce como Efecto
Pigmalión. Según la mitología, Pigmalión, rey legendario de Chipre, esculpió
en marfil una estatua de mujer tan hermosa que se enamoró perdidamente de
ella. Invocó a la diosa Venus, quien atendió las súplicas del rey enamorado, y
convirtió la estatua en una bellísima mujer de carne y hueso. Pigmalión la
llamó Galatea, se casaron y fueron muy felices.
El mito de Pigmalión viene a significar que las expectativas, positivas o
negativas, influyen mucho en las personas con las que nos relacionamos. De ahí
la importancia de tener expectativas positivas de nuestros alumnos. La capacidad de aceptar a los otros como son, y no como quisiéramos que fueran, y
de comunicarles dicha aceptación mediante palabras o gestos, es tal vez la
principal herramienta para producir cambios positivos en el crecimiento y
desarrollo de la persona.
Diferentes tests e investigaciones de Rosenthal han demostrado que las
expectativas de los maestros constituyen uno de los factores más poderosos en
el rendimiento escolar de los alumnos. Si el maestro tiene expectativas
positivas respecto a sus alumnos, se las comunica y logra que estos avancen. Lo mismo si son negativas. Si el maestro está convencido de que sus alumnos -o alguno de ellos - son incapaces, los vuelve incapaces. Como dice Fernando
Savater: "Si piensas que tu alumno es un idiota, si en realidad no lo es, pronto lo será." Si, por lo contrario, el maestro está convencido de que tiene en su salón un grupo de triunfadores, puede que los vuelva triunfadores. Si el maestro tiene una autoestima positiva, valora su trabajo y se encuentra a gusto consigo mismo, la comunica a sus alumnos. Por el contrario, el maestro amargado, sin entusiasmo ni ilusión, cubre toda la acción educativa con un manto de pesimismo y frena el aprendizaje de sus alumnos.
Evita toda palabra, gesto u opinión ofensiva.("Eres un inútil; no sabes nada; mal, como siempre..."). Subraya siempre lo positivo, y sobre todo, no dejes nunca de querer a tus alumnos. Querer a los alumnos no es abrumarlos con ilusorias expectativas que les lleven a imaginar que son el ombligo del mundo. Querer a los alumnos supone interesarse por ellos, por su crecimiento y su desarrollo integral, alegrarse de sus éxitos aunque sean pequeños y parciales y, sobre todo, nunca perder la fe ni la esperanza.


El notable pedagogo ruso Makarenko cuenta la historia de un "malandro" que poco a poco se fue transformando, gracias al trabajo cooperativo y autoresponsable. Más tarde, sin embargo, reincide y huye con el dinero. Makarenko no lo denuncia a la policía, y varios meses después el ladrón
regresa, sin que nadie le obligue a hacerlo. Makarenko actúa como si nada hubiera ocurrido, y le confía una gran cantidad de dinero para que vaya a hacer compras a la  ciudad. El conflicto quedó resuelto automáticamente, sin necesidad de discursos moralizantes. La moral estaba precisamente en el regreso del "malandro" y en el riesgo que Makarenko decidió correr. No se
trata de una "prueba", sino que es la prueba de que el educador no percibió al
ladrón como tal, sino como una persona para quien cualquier milagro es posible
por el hecho de serlo. De ahí la necesidad de mirar a los alumnos siempre con
los ojos del corazón.


Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas
miseria de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en
situación de riesgo. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de
cada muchacho. En todos los casos, los investigadores escribieron: "No tiene
ninguna posibilidad de éxito."
Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio anterior y decidió continuarlo. Para ello, envió a sus alumnos a que
investigaran qué había sido de la vida de aquellos muchachos que, veinticinco
años antes, parecían tener tan pocas posibilidades de éxito. Exceptuando a
veinte de ellos, que se habían ido de allí o habían muerto, los estudiantes
descubrieron que casi todos los restantes habían logrado un éxito más que
mediano como abogados, médicos u hombres de negocios.
El profesor se quedó pasmado y decidió seguir adelante con la investigación. Afortunadamente, no le costó mucho localizar a los investigados y pudo hablar con cada uno de ellos.
-¿Cómo explica usted su éxito? - les fue preguntando.
En todos los casos, la respuesta, cargada de sentimientos, fue:
-Hubo una maestra especial...
La maestra todavía vivía, de modo que la buscó y le preguntó a la anciana,
aunque todavía lúcida mujer, qué fórmula mágica había usado para que esos
muchachos hubieran superado la situación tan problemática en que vivían y
triunfaran en la vida.
Los ojos de la maestra brillaron y sus labios esbozaron una grata sonrisa:
-En realidad, es muy simple - dijo. - Todos esos muchachos eran extraordinarios. Los quería mucho.

VIRTUDES CHOIQUE
(Carlos J. Durán)
Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar, llegaban a caballo, en burro, en mula y en patas. Como suele suceder en estas escuelitas perdidas, el lugar tenía una sola maestra­ una solita, que amasaba el pan, trabajaba una quintita, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.
Me olvidaba: la maestra de aquella escuela se llamaba Virtudes Choique. Era una morocha más linda que el 25 de Mayo. Y me olvidaba de otra cosa: Virtudes Choique ordeñaba cuatro cabras, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones. (Como ven, hay maestras y maestras). Ésta del cuento, vivía en la escuela. Al final de la hilera de bancos, tenía un catre y una cocinita. Allí vivía, cantaba con la guitarra, y allí sabía golpear la caja y el bombo.
Y ahora viene la parte de los chicos. Los chicos no se perdían un solo día de clase. Principalmente, porque la señorita Virtudes tenía tiempo para ellos. Además, sabía hacer mimos, y de vez en cuando jugaba al fútbol con ellos. En último lugar estaba el mate cocido de leche de cabra, que Virtudes servía cada mañana. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres:
‑¡Miren, miren...! ¡Miren lo que me ha puesto la maestra en el cuaderno!
El padre y la madre miraron, y vieron unas letras coloradas. Como no sabían leer, pidieron al hijo que les dijera, y entonces Apolinario leyó:
‑"Señores padres: les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno".
Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios.
Sin embargo, al día siguiente, otra chica llevó a su casa algo parecido. Esta chica se llamaba Juanita Chuspas, y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra:
‑"Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna".
Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día Melchorcito Guare llegó a su rancho chillando como loco de alegría:
‑¡Mire mamita...! ¡Mire, Tata...! La maestra me ha puesto una felicitación de color colorado, acá. Vean: "Señores padres: les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno".
Así, los cincuenta y seis alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: "Su hijo es el mejor alumno".
Y así hubiera quedado todo, si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación. Porque, les cuento: el boticario, don Pantaleón Minoguye, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo:
‑Vamos a hacer una fiesta. ¡Mi hijo es el mejor de toda la región! Sí. Hay que hacer un asado con baile. El hijo de Pantaleón Minoguye ha honrado a su padre, y por eso lo voy a celebrar como Dios manda.
El boticario escribió una carta a la señorita Virtudes. La carta decía:
‑"Mi estimadísima, distinguidísima y hermosísima maestra: el sábado que viene voy a dar un asado en honor de mi hijo. Usted es la primera invitada. Le pido que avise a los demás alumnos, para que vengan al asado con sus padres. Muchas gracias. Beso sus pies, Pantaleón Minoguye; boticario".
Imagínese el revuelo que se armó. Ese día cada chico voló a su casa para avisar del convite. Y como sucede siempre entre la gente sencilla, nadie faltó a la fiesta. Bien sabe el pobre cuánto valor tiene reunirse, festejar, reírse un rato, cantar, saludarse, brindar y comer un asadito de cordero.
Por eso, ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario, que estaba de lo más adornada. Ya estaba el asador, la pava con el mate, varias fuentes con pastelitos, y tres mesas puestas una al lado de la otra. En seguida se armó la fiesta.
Mientras la señorita Virtudes Choique cantaba una baguala, el mate iba de mano en mano, y la carne del cordero se iba dorando. Por fin, don Pantaleón, el boticario, dio unas palmadas y pidió silencio. Todos prestaron atención. Seguramente iba a comunicar una noticia importante, ya que el convite era un festejo.
Don Pantaleón tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió. Después hizo “ejem, ejem”, y sacando un papelito leyó el siguiente discurso:
‑"Señoras, señores, vecinos, niños. ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente, para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo, mi muchachito, acaba de ser nombrado por la maestra, doña Virtudes Choique, el mejor alumno. Así es. Nada más, ni nada menos...
El hijo del boticario se acercó al padre, y le dio un vaso con vino. Entonces el boticario levantó el vaso, y continuó:
-“Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido, y a su país. He dicho.”
Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros, bastante serios. El primero en protestar fue el papá de Apolinario Sosa:
‑Yo no brindo nada. Acá el único mejor es mi chico, el Apolinario.
Ahí nomás se adelantó, colorado de rabia, el padre de Juanita Chuspas, para retrucar:
‑¡Qué están diciendo, pues! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita.
Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras. A punto de que don Sixto Pillén agarrara de las trenzas a doña Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, cuando pudo oírse la voz firme de la señorita Virtudes Choique.
‑¡Párense...! ¡Cuidado con lo que están por hacer...! ¡Esto es una fiesta!
La gente bajó las manos y se quedó quieta. Todos miraban fiero a la maestra. Por fin, uno dijo:
-Maestra: usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo.
Entonces sucedió algo notable. Virtudes Choique empezó a reírse loca de contenta. Por fin, dijo:
-Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar. Escuchen bien, y abran las orejas. Pero abran también el corazón. Porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme.
Todos fueron tomando asiento. Entonces la señorita habló así:
‑Yo no he mentido. He dicho verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo verdad:
Cuando digo que Melchor Guare es el mejor no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor arquero de la escuela, cuando jugamos al fútbol...
Cuando digo que Juanita Chuspas es la mejor no miento. Porque si bien anda floja en Historia, es la más cariñosa de todas...
Y cuando digo que Apolinario Sosa es mi mejor alumno tampoco miento. Y Dios es testigo que aunque es desprolijo, es el más dispuesto para ayudar en lo que sea...
Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en matemáticas... pero me callo si no es servicial.
Y aquél otro, es el más prolijo. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros.
Y aquélla otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas.
Y aquél, que es poco hábil jugando a la pelota, es mi mejor alumno en dibujo.
Y aquélla es mi peor alumna en ortografía, ¡pero es la mejor de todos a la hora de trabajo manual!
¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos. Pues entonces, ¿con qué levantaré la patria? ¿Con lo mejor o con lo peor?
Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban más bien serios. Los hijos sonreían contentos.
Poco a poco cada cual fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor. Porque con eso se construye mejor.
Cuenta la historia que el boticario rompió el largo silencio. Dijo:
‑¡A comer...! ¡La carne ya está a punto, y el festejo hay que multiplicarlo por cincuenta y seis...!
Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron a la taba. Al truco. A la escoba de quince. Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.

 

YO PUEDO HACER LA DIFERENCIA
Su nombre era María Thompson. Mientras estuvo al frente de su clase de 5º grado, el primer día de clase lo iniciaba diciendo a los niños una mentira. Como la mayor parte de los profesores, ella miraba a sus alumnos y les decía que a todos los quería por igual. Pero eso no era posible, porque ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento, estaba un niño llamado Teddy Stoddard.
María Thompson había observado a Teddy desde el año anterior y había notado que él no jugaba muy bien con otros niños, su ropa estaba muy descuidada y constantemente necesitaba darse un buen baño. Teddy comenzaba a ser un tanto desagradable.
En la escuela donde María Thompson enseñaba, le era requerido revisar el legajo de cada niño; ella dejó el de Teddy para el final. Cuando ella revisó su legajo, se llevó una gran sorpresa.
La docente de primer grado escribió:
"Teddy es un niño muy brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera prolija y tiene muy buenos modales... es un placer tenerlo cerca".
Su docente de segundo grado escribió:
"Teddy es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se lo nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil".
La maestra de tercero escribió:
"Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. Él trata de esforzarse, pero su padre no muestra mucho interés y el ambiente en su casa le afectará pronto si no se toman ciertas medidas".
Su maestra de cuarto escribió:
"Teddy se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones duerme en clase".
Ahora María se había dado cuenta del problema y estaba apenada con ella misma. Ella comenzó a sentirse peor el día de la maestra cuando los alumnos le entregaron sus regalos, envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto Teddy. Su regalo estaba mal envuelto con un papel amarillento que él había tomado de una bolsa de papel.
Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró una vieja pulsera y un frasco de perfume con sólo un cuarto de su contenido. Ella detuvo las burlas de los niños al exclamar lo preciosa que era la pulsera mientras se colocaba un poco del perfume en su muñeca. Teddy Stoddard se quedó ese día al final de la clase el tiempo suficiente para decir: "Señorita, hoy usted huele como me acuerdo que olía mi mamá".
Desde ese día, ella puso menos el acento en enseñar a los niños aritmética, a leer y a escribir. En lugar de eso, comenzó a educar a los niños en un sentido más amplio. María le prestó atención especial a Teddy. Conforme comenzó a trabajar con él, su rendimiento comenzó a revivir. Mientras más lo apoyaba, él respondía más rápido. Para el final del ciclo escolar, Teddy se había convertido en uno de los niños más aplicados de la clase.
Un año después, ella encontró una nota debajo de su puerta, era de Teddy, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida.
Catorce años después recibió otra carta de él. En esta ocasión escribió que después que concluyó su carrera, decidió viajar un poco. La carta le explicaba que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido y su favorita. Ahora su nombre se había alargado un poco; la carta estaba firmada por el Dr. Teodoro F. Stoddard.
La historia no termina aquí; hay una carta más que leer. Teddy ahora escribe que había conocido a una chica con la cual iba a casarse. Explicaba que su padre había muerto hacía un par de años y le preguntaba a la señorita Thompson si le gustaría ocupar en su boda el lugar que habitualmente es reservado para la madre del novio. Por supuesto que María aceptó. Ella llegó usando la vieja pulsera y se aseguró de usar el perfume que Teddy recordaba que usó su madre la última Navidad que pasaron juntos. Se dieron un gran abrazo y el Dr. Stoddard le susurró al oído: "Gracias; señorita Thompson, por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo puedo hacer la diferencia".
María tomó aire y dijo: "Teddy, te equivocás, vos fuiste el que me enseñó a mí que yo puedo hacer la diferencia. No sabía cómo educar hasta que te conocí".

TODAS LAS COSAS BUENAS
(Hermana Helen P. Mrosla)

Estaba en mi clase de tercer grado en la Escuela Saint Mary de Morris, Minnesota. Yo quería a mis treinta y cuatro alumnos, pero Mark Eklund era uno en un millón. De aspecto muy prolijo, tenía tanta alegría de vivir que hasta su ocasional malicia resultaba encantadora.

Mark hablaba sin parar. Yo trataba de recordarle una y otra vez que hablar sin permiso no estaba bien. Lo que me impresionaba, sin embargo, era la respuesta sincera que me daba cada vez que lo corregía por portarse mal: “¡Gracias por corregirme, Hermana!” Al principio no sabía qué hacer pero en seguida me acostumbré a oírlo muchas veces al día.

Una mañana mi paciencia estaba a punto de agotarse cuando Mark volvió a hablar. Cometí un error de docente novato. Miré a Mark y le dije: “¡Si dices una palabra más, te taparé la boca con cinta adhesiva!” No habían pasado diez segundos, cuando Chuck exclamó: “Mark está hablando de nuevo”. No les había pedido a los demás alumnos que me ayudaran a vigilar a Mark, pero como había mencionado el castigo frente a clase, tenía que cumplirlo.

Recuerdo la escena como si hubiera sido hoy. Caminé hasta mi escritorio, abrí deliberadamente el cajón y saqué un rollo de cinta adhesiva. Sin decir una palabra, fui hasta el banco de Mark, corté dos pedazos de cinta e hice una gran X con ellos sobre su boca. Luego volví al frente de la clase.

Cuando miré a Mark para ver qué hacía, me guiñó el ojo. ¡Eso fue lo que hizo! Empecé a reírme. Toda la clase aplaudió cuando me acerqué al banco de Mark, le quité la cinta y me encogí de hombros. Sus primeras palabras fueron: “Gracias por corregirme, Hermana”.

A fin de año, me llamaron para enseñar matemática en primer año. Pasaron los años y sin darme cuenta volví a tener a Mark en mi clase. Estaba más lindo que nunca e igual de educado. Como tenía que prestar mucha atención a mis explicaciones de matemática, no hablaba tanto como en la primaria.

Un viernes, las cosas no andaban muy bien. Habíamos trabajado mucho con un nuevo concepto toda la semana y me daba cuenta de que los chicos se sentían frustrados y crispados entre ellos. Debía terminar con este malestar antes de que se descontrolaran. Entonces, les pedí que hicieran una lista con los nombres de los alumnos de la clase en dos hojas de papel, dejando espacio entre cada nombre. Después, les pedí que pensaran lo más lindo que se les ocurriera respecto de sus compañeros de clase y que lo escribieran.

La tarea les llevó todo el resto de la clase, pero al salir del aula, cada uno me entregó su papel. Chuck sonrió. Mark dijo: “Gracias por enseñarme, Hermana. Que tenga un buen fin de semana”.

Ese sábado, escribí el nombre de cada alumno en una hoja suelta y transcribí todo lo que los demás habían dicho acerca de él. El lunes, le entregué a cada uno su lista. Algunas ocupaban dos páginas. Muy pronto, toda la clase sonreía. “¿De veras?, oí murmurar. “¡Nunca pensé que los demás me tenían en cuenta!” “¡No sabía que me querían tanto!”

Nadie de la clase volvió a mencionar esos papeles. Nunca supe si los chicos habían hablado del asunto entre ellos o con sus padres, pero no importaba. El ejercicio había logrado su propósito. Los alumnos estaban otra vez contentos consigo mismos y con los demás.

Ese grupo de estudiantes avanzó. Varios años más tarde, a la vuelta de unas vacaciones, mis padres me esperaban en el aeropuerto. Cuando íbamos camino a casa, mamá me hizo las preguntas habituales sobre el viaje: que tal el tiempo, mis experiencias en general. Se hizo un silencio en la conversación.
-¿Papá? –dijo mamá mirando a mi padre de reojo.
Mi padre se aclaró la garganta.
-Los Eklund llamaron anoche –empezó.
-¿De veras? –dije-. Hace varios años que no sé nada de ellos. Me pregunto cómo estará Mark.
-Mark acaba de morir en Vietnam –respondió despacio papá-. El funeral es mañana y a los padres les gustaría que tú fueras. –Hasta hoy, puedo señalar el lugar exacto en que estábamos en ese momento.

Nunca había visto a un soldado en un ataúd militar. Mark estaba tan apuesto, parecía tan maduro. Lo único que se me ocurrió pensar en ese momento fue: “Mark, daría toda la cinta adhesiva del mundo para que pudieras hablarme”.

Los amigos de Mark llenaban la iglesia. La hermana de Chuck cantó un himno. ¿Por qué tenía que llover el día del funeral? Ya era suficientemente difícil estar junto a la tumba. El pastor dijo las plegarias habituales y la corneta tocó a silencio. Uno por uno, todos los que querían a Mark pasaron junto al cajón y lo rociaron con agua bendita.

Fui la última en bendecir el cajón. Mientras estaba allí, uno de los soldados que había llevado el féretro se me acercó. -¿Usted fue profesora de matemática de Mark? -preguntó. Asentí sin dejar de mirar el cajón. –Mark hablaba mucho de usted –dijo.

Después del funeral la mayoría de los compañeros de clase fueron a almorzar a la casa de Chuck. Allí estaban la madre y el padre de Mark, obviamente esperándome. –Queremos mostrarte algo –dijo el padre, sacando una billetera del bolsillo-. Mark llevaba esto cuando lo mataron. Pensamos que lo reconocería.

Al abrir la billetera, extrajo con cuidado dos hojas de cuaderno gastadas que obviamente habían sido tocadas, desplegadas y dobladas muchas veces. Sin necesidad de mirarlas, supe que eran las hojas en las que había anotado las cosas buenas que habían dicho los compañeros de Mark sobre él. –Muchas gracias por hacer esto –dijo la madre-. Como ve, Mark lo guardó como un tesoro.

Los compañeros de Mark empezaron a reunirse alrededor de nosotros. Chuck sonrió tímidamente y dijo:
-Yo todavía tengo mi lista. Está en el cajón de arriba de mi escritorio, en casa.
-John me pidió que la pusiera en nuestro álbum de casamiento –comentó su mujer.
-Yo también tengo la mía –dijo Marilyn-. Está en mi diario.

Entonces Vicki, otra compañera de clase, buscó en su agenda y mostró su lista gastada y resquebrajada al grupo. –La llevo conmigo todo el tiempo –dijo Vicki sin pestañear-. Creo que todos guardamos nuestras listas.

Fue entonces cuando finalmente me senté y lloré. Lloré por Mark y por todos sus amigos que nunca volverían a verlo.