Criticar
“Al erigirnos en críticos, podemos sentirnos importantes a expensas de los demás. Esta es una manera de usar las actividades y los actos de las demás personas como escalón para elevarte a ti mismo mentalmente.”

CUÁNDO Y CÓMO CRITICAR
(Peter Coates)


Las leyes fundamentales son las siguientes:

No tiene derecho a criticar el que no elogia habitualmente.
Un padre que jamás elogia las cosas que su hijo hace bien (y todo el mundo hace muchas cosas bien), ¿qué derecho tendría a reñirle cuando se equivoca? Un jefe que jamás estimula a sus colaboradores, ¿cómo va a tener razón para criticarlos cuando fallan? El que en política jamás encuentra nada válido en sus gobernantes, ¿no demuestra en sus críticas que o es un neurótico o un miope para criticarles?
La crítica verdaderamente valiosa es la de quien, estando en principio siempre dispuesto al elogio, se ve, en algún caso obligado a criticar.

No se debe criticar nada que no se ame.
Si toda crítica va dirigida a conseguir el bien y no a destruir, ¿no es lógico que sólo se critique aquello cuyo bien se quiere? Criticamos con derecho a los gobernantes cuando de hecho queremos a nuestro país, y lo demostramos a diario con nuestro trabajo. Tenemos derecho de criticar a la Iglesia si la amamos. Y con tanta más razón criticamos al hijo o al esposo cuanto más les demostremos constantemente nuestro amor. La crítica del enemigo no crea nada, ni nada aporta.
Lógicamente, cuando se critica lo que se ama se critica con amor, con tanta delicadeza como la que se emplea al curar una herida. Por ello, en una crítica rebozada de ironías o sarcasmo, puede haber un desahogo del que critica, no una esperanza de verdadera mejoría.


Nunca se debe formular una crítica sin que, antes, el propio crítico se haya preguntado por la parte de responsabilidad que él tiene en lo que fustiga.
La verdad es que todos somos responsables. Y cuando algo marcha mal, nadie de los que rodea ese mal puede estar seguro de tener limpias sus manos. ¿Cómo criticar a un país que produce poco, si no empezamos todos por cumplir con nuestro deber? ¿Reñir a un hijo porque llega tarde a casa no es un autoengaño cuando no se ha empezado por hacer vividera la convivencia dentro?
Lógicamente, se critica de manera distinta cuando uno se siente corresponsable de lo que se discute. Y, en rigor, sólo debería criticarse desde dentro comenzando por la confesión de nuestra propia culpa. El criticado entenderá mucho mejor su error si empezamos a compartir con él el nuestro, porque no entenderá la crítica como una agresión hecha desde afuera, sino como una colaboración practicada desde adentro.

Pequeñas leyes que son decisivas en el arte de criticar
La crítica ha de hacerse siempre cara a cara. No hay nada más sucio, más triste, que la denuncia anónima. El que tira la piedra y esconde la mano sólo demuestra que su corazón está podrido y carece de todo derecho a criticar.
La crítica ha de hacerse a la persona interesada y en privado (salvo de crítica pública en las cosas públicas). Una crítica a un hijo o a un amigo en público es siempre rigurosamente contraproducente.
Nunca se debe criticar comparando con otras personas. Decirle a un hijo que aprenda de su primo, o de fulanito, es olvidar que cada persona es única.
Se debe criticar los hechos, jamás las intenciones. El que ama debe partir siempre de la buena voluntad de aquellos a quienes ama.
La crítica debe ser específica, no generalizadora; objetiva, no exagerada. Cualquier exageración en la crítica le hace perder toda su eficiencia. Evitar las palabras “nunca”, “siempre”. Nadie es malo todo el tiempo.
Criticar una sola cosa cada vez. Si al criticar soltamos todos los recursos que hemos ido acumulando durante meses, lo que conseguiremos es discutir y no curar.
No se debe, en principio, repetir las críticas una vez formuladas. Las repeticiones y machacar sobre lo mismo las vuelve ineficaces.
Hay que saber elegir bien el momento para criticar. En principio, lo ideal es hacerlo apenas se ha producido el hecho criticable, pero todo depende de que nosotros estemos tranquilos para criticar y el criticado lo esté para escuchar. Si uno de los dos está nervioso, lo más probable es que agrandemos la herida en lugar de curarla.
Nunca se debe criticar lo que no se ha comprobado bien. Criticar sobre rumores, sobre sospechas, es disponerse a ser injusto.
Antes de criticar hay que ponerse en las circunstancias del criticado. Como dice un viejo proverbio: Dios me libre de juzgar a mi hermano sin haber calzado durante un mes sus zapatos.

EL TRIPLE FILTRO
El monje era el maestro de novicios, y además reconocido por su sabiduría. Un día se encontró con otro de los monjes que le dijo muy excitado:
-Hermano, ¿sabes lo que acabo de oír de uno de tus novicios?
-Un momento, -respondió- . Antes de decirme nada me gustaría que pasaras una pequeña prueba. Se llama la prueba del triple filtro
-¿Triple filtro?
-Eso es, -continuó-. Antes de contarme lo que sea sobre el novicio, es una buena idea pensarlo un poco y filtrar lo que vayas a decirme. El primer filtro es el de la Verdad. ¿Estás completamente seguro que lo que vas a decirme es cierto?
-No, me acabo de enterar y...
-Bien, -dijo-. Así que no sabes si es cierto lo que quieres contarme. Veamos el segundo filtro, que es el de la Bondad. ¿Quieres contarme algo bueno de mi alumno?
-No. Todo lo contrario.
-Entonces, -le interrumpió el maestro-, quieres contarme algo malo de él, que no sabes siquiera si es cierto. Aún puedes pasar la prueba, pues queda un tercer filtro: el filtro de la Utilidad. ¿Me va a ser útil esto que me quieres contar del novicio?
-Bueno, en realidad…, no.
-Por lo tanto, -concluyó el maestro-, si lo que quieres contarme puede no ser cierto, no es bueno, ni es útil, ¿para qué contarlo?

LA CARRETA VACÍA
Caminaba con mi padre por el campo, cuando él se detuvo en una curva, y después de un pequeño silencio me preguntó:
-Además del cantar de los pájaros, ¿escuchás alguna cosa más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:
-Sí, estoy escuchando el ruido de una carreta.
-Eso es. - dijo mi padre - Es una carreta vacía.
Pregunté a mi padre:
-¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si todavía no la vimos?
Entonces mi padre respondió:
-Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido que hace. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.
Me convertí en adulto y hasta hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todo el mundo, inoportuna, presumiendo de lo que tiene (y lo más seguro es que no lo tenga), de sentirse prepotente y desvalorizando a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo:
-Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

LOS CHISMES
(Glenn Van Eckeren)

Creo que no hay nada más desastroso que los chismes. Los chismes causan muchos resentimientos y conflictos. El sabio rey Salomón dijo: “Las palabras de un chismoso son como pequeños bocados y entran hasta las partes más recónditas de nuestro cuerpo”. Tanto el chismoso como la desafortunada víctima salen lastimados por estos “pequeños bocados”.
Escuche esta conversación. María afirma:
-Elena me dijo que tú le contaste el secreto que yo te pedí que no le contaras.
-Bien -responde Alicia-. Elena prometió que no te diría que yo le conté lo que tú me contaste, pero no le digas que yo te dije que ella prometió no decir nada.
¡Oh! Qué telaraña tan enmarañada tejemos cuando traicionamos la confianza de alguien. Siempre habrá gente que crea todo lo que escucha y se sienta obligada a repetirlo. No sea uno de ellos. Recuerdo algunas ocasiones en las que me enteré de que alguien había traicionado una confidencia. Qué sentimiento tan devastador.
La confianza se destruye y las amistades se rompen cuando se deja filtrar el contenido venenoso de un rumor. ¿Por qué chismea la gente? ¿Será porque creemos que nos vemos mejor y que nuestros compañeros nos brindarán una mejor aceptación? ¿Tener información confidencial nos hace sentir importantes, más sabios o superiores, por lo cual, con toda seguridad, la gente nos escuchará? ¿Alguna vez se ha sentido celoso de los logros de alguien o de la atención que recibe y que al señalar las debilidades de ese alguien usted parece un poco mejor?
Si alguien nos ha ofendido, ¿qué tan fácil es poner a esa persona en entredicho como una manera de vengarnos y equilibrar la balanza? El chisme también sirve para hacer que otras personas se pongan de nuestra parte en casos de conflicto. Hay una tendencia a creer que, entre más gente esté de acuerdo con nosotros, nuestra autoestima será mayor. No importa qué razón demos, ¡no existe razón alguna para chismear!
Hay una anécdota sobre una persona que pidió consejo al sacerdote del pueblo después de haber repetido una calumnia sobre un amigo y de haberse dado cuenta que no era verdad. Le preguntó al sacerdote qué podía hacer para sus actos irreflexivos. El sacerdote le dijo al hombre:
-Si quieres hacer las paces contigo mismo, debes llenar una bolsa con plumas y luego ir a cada una de las casas de este pueblo y dejar una pluma en el porche.
El campesino encontró una bolsa, la llenó de plumas y empezó a recorrer el pueblo, haciendo lo que el sacerdote le indicara. Luego regresó adonde estaba aquél y le preguntó:
-¿Qué más debo hacer?
-Hay algo más -respondió el sacerdote-, toma tu bolsa y recoge cada una de las plumas.
El campesino con renuencia, empezó la tarea de recoger todas las plumas que había distribuido. Regresó horas después y explico:
-No encontré todas las plumas; el viento se las llevó.
-Lo mismo sucede con el chisme -respondió el sacerdote-. Las palabras innobles se esparcen fácilmente y nunca las podremos recuperar.
La próxima vez que esté tentado a decir sobre alguien, una palabra que posiblemente no sea verdad o que sea poco halagadora, pregúntese qué tanto esta información beneficiará a quien la escucha, a usted mismo y sobre todo, a la persona de la cual se está hablando. Tenga absolutamente claro este hecho irrefutable: una vez que diga algo sobre alguien, difícilmente se podrá retractar.
Si se siente atraído hacia el esparcir rumores o hacia el escuchar chismes sobre otras personas, pregúntese si es ésta la forma en la que le gustaría que hablaran de usted. Luego esfuércese por hablar de los demás en la forma en la que le gustaría que hablaran de usted: únicamente con bondad y caridad. Y cuando no tenga nada amable o caritativo que decir, aprenda a no decir nada.

MURMURAR, DIFAMAR, CALUMNIAR
(Gustavo D’Apice) 

a) Murmurar, es hablar mal de una persona ausente, pero de cosas que, el que habla y el que escucha, conocen, aunque no tienen porqué comentarlo "ponzoñosamente".

b) Difamar, es quitar la fama al otro, diciendo de él, en su ausencia, cosas malas que el o los que escuchan no conocen, y que no hay porqué decirlas, aunque sean ciertas.

c) Calumniar es lo peor. Es decir, "con mentira", cosas malas de alguien que no está presente, para perjudicarlo.

1. Es feo murmurar, y esto se da mucho en los "serpentarios" de distintas asociaciones, clubes, o grupos de personas, desde la familia hasta en reuniones ocasionales y, aún, pseudo-religiosas. Y se puede evitar: poniendo de manifiesto lo positivo del ausente, desviando la conversación cuando se dirige a lo negativo de la persona que no está, señalando sus cualidades y no sus vicios, aunque sean conocidos por todos. Esta "tentación" es muy común, y se hace difícil sustraerse de ella, porque se habla de "cosas que son", pero no para poner en común y así vituperar a aquel de quien se está hablando.
Después de hacerlo, si uno se da cuenta y se arrepiente, porque siempre queda un sabor amargo, conviene proponerse hablar de lo bueno del otro y no de lo malo, salvo que esto ayude al bien común y al mismo del que se habla, para corregirlo o encauzarlo.

2. La difamación es peor. Es la que se dice casi despacito y como al oído, al que no lo sabía: "¿Viste che que tal persona tal cosa, que Juanita esto o Robertito aquello?", cuando el interlocutor desconocía el hecho. Y ahí se entera: "¡Mirá vos, no lo sabía, pero era de esperar!".
¿Qué hacer cuando uno se da cuenta? La cosa también es cierta, pero no hay por qué ventilarla por ahí, más cuando no produce frutos de bondad y/o de bien para el "alcahueteado" o para la comunidad. La posible solución, para el "botón", es callarse la boca en adelante, y si necesita hablarlo, a manera de "catarsis" o purificación, conviene hacerlo no en son de crítica ni difamación, sino como pidiendo ayuda para sí, a un amigo/a íntimo/a o a un guía espiritual. O diciéndoselo al propio interesado, si es posible, para que se corrija de ello, en vez de andar diciéndoselo a los demás. Para el que escucha, ser fuerte y no "prestar el oído" para esas cosas, que lo debilitan en la integridad de su persona.

3. La cumbre de seguir el susurro del diablo es la calumnia. Aquí todo es mentira.
Y si el calumniador se arrepiente de lo que hace, debe restituir la fama a aquel al que se la quitó, en público ante quien lo dijo, pidiendo perdón. Y el que escucha, de darse cuenta, debe solicitar reparación a aquel que calumnió, diciéndoselo, o diciéndole que no le cree, que no piensa que sea así, y guardándose de acercar el oído cuando se está hablando mal de otro aunque, sin llegar a ser calumnia, sea difamación o murmuración. La negatividad y veneno que se nos inocula, es luego difícil de extirpar.
La guerra no se vive sólo en medio oriente, en Irak, ni la propicia nadie más que Estados Unidos. La guerra la propiciamos cuando comenzamos a condenarnos y eliminarnos en lo pequeño, cuando comenzamos a murmurar, difamar y/o calumniar. Busquemos, por lo tanto, la paz en eso que parece pequeño pero, que de seguirse, nos daría la paz en la familia, en el barrio, en el trabajo, en la provincia, en la Nación, en el continente, en el planeta.

UNA ANÉCDOTA SOBRE EL GRAL. ROBERT E. LEE
Un soldado se quedó pasmado cuando escuchó al general Robert E. Lee hablar muy elogiosamente de otro oficial.
-General, -le dijo- ¿sabe usted que el hombre del cual habla tan bien es uno de sus peores enemigos, y que no pierde ninguna oportunidad de difamarlo?
-Sí, -dijo el general- pero a mí me pidieron mi opinión de él, no la que él tiene de mí.